-¿Qué opina sobre la construcción en Rosario?
- El que hace la ciudad es el especulador, el que arriesga dinero, el que gana y el que pierde. No la hace el funcionario que dice “esta casa está más alta” o “a esta casa la dejamos porque por acá pasaba mi mamá cuando iba al colegio”. La ciudad es un intercambio, no es forma. No creo que haya que preguntarse, como escucho por ahí “¿qué ciudad queremos?”, sino “¿qué clase de personas queremos ser?”. Además, es una ironía preguntar qué ciudad queremos en un país donde nadie tiene ni la casa que quiere ni el auto que quiere. Como está el mundo, la planificación empieza a perder sentido. Es muy difícil saber qué va a pasar en diez años. Entonces, hay que planificar día a día, en modo subjuntivo y con cuidado.
Así reflexiona Rafael Iglesia, mientras agrega que las cosas ya no funcionan como antes, y entre esas cosas nombra al capital y al trabajo. Y ese cambio en el funcionamiento se lo adjudica a las nuevas tecnologías. Argumenta que entender ese cambio es un salto necesario, y que discutir si un edificio es más alto que otro es una pérdida de tiempo, al tiempo que agrega que la gran operación urbana de la ciudad –la que realmente modificó su centro y que pasó inadvertida–, es la forestación: los árboles que plantaron en las calles y que cambian la fisonomía de la ciudad. “Cuando uno pasea por la calle, como ese flaneur que describía Benjamin, a ese tipo le cambió la vida el árbol”, agrega al respecto mientras afirma que el patrimonio del Bulevar Oroño son las palmeras, y no los edificios: “Si uno saca las palmeras, se cae Oroño; en cambio si pone un edificio más o una casa menos, da igual”, agrega desafiante.
-¿Qué piensa de las nuevas figuras que trae la arquitectura, como por ejemplo, los countries?
- Me parece que son un tipo de agrupamiento medieval y reflejo de la sociedad que se viene. La ciudad es la respuesta física de la modernidad, la revolución francesa al obrero. Yo le digo a la gente “no es bueno vivir en un country” como le digo a un médico “no es bueno fumar”, pero no voy a valorar más o menos a una persona porque viva en un country o porque fume. Con la arquitectura no se puede cambiar el mundo (a uno le cuesta cambiar hasta el auto), pero sí se puede denunciar, porque aparece este tipo de señales que nosotros podemos interpretar así, y eso es lo que trato de hacer a veces cuando escribo”.
La preservación en Europa y en Rosario:
Cuando se le pregunta si ve una apertura a la comunidad en el rescate de edificios emblemáticos o que estaban en desuso, responde que no está de acuerdo con esa actitud rescatista, y argumenta que “pensar así es ser como Arjona, que canta a la menopausia y a la celulitis”. Sostiene que Europa pudo hacer esta política de conservación porque transformó a esos edificios y lugares en objetos de consumo, planteando que la política de patrimonio europea consiste en preservar los lugares históricos siempre que esto sea rentable. “Si no, no tiene sentido, y es comparable a la gente que no paga la obra social pero guarda los cubiertos de plata de la abuela”, agrega.
Los No Lugares:
Frente a la pregunta de si somos una cultura de los no lugares, responde que aún no, pero que vamos camino a eso, y cita como ejemplo el caso de EEUU, en el que la educación ya se puede recibir vía Internet, a costa de perder los lugares que hacen a la construcción social del individuo.
A lo largo de la charla repetirá una y otra vez que la arquitectura no le parece demasiado interesante: “Cuando fui a París, lo único que quería realmente ver, era la Torre Eiffel, lo mismo que quería mi mamá. De todas las obras, a lo mejor me gusta alguna cosa, pero no me seduce la arquitectura como objeto”.
Cuando se le pregunta por algún arquitecto, nombra a Pantarotto y agrega: “Hacemos lo opuesto, pero de él aprendí muchísimo: me enseñó a pensar. Para mí es un maestro”. Y añade que de su generación le gustan los trabajos de Gerardo Caballero, Villafañe, Rubén Fernández, entre otros.
A pesar de no saber inglés viaja habitualmente a EEUU, donde dicta conferencias en Houston, Harvard e Indiana. “Yo no sé inglés y sin embargo EEUU es el país que más me invita. Mi hijo me dice que me invitan porque no entienden español, porque el día que yo sepa inglés, no me invitan más”.
Estética… ¿y ética?
Una de las cuestiones en las que Iglesia cae reiteradamente es en el peligro de hacer una arquitectura estética, desprovista de una parte ética. Otorga parte de esa responsabilidad al movimiento moderno en el que se formaron la mayoría de los arquitectos, y que se hizo como un estilo.
Acerca de esto, resalta la arquitectura brasilera: “Los grandes maestros de la arquitectura brasilera eran comunistas; acá eran liberales. Y eso implica dos mundos”. Con esta afirmación, asevera lo que más tarde reconoce y es que la única arquitectura que le gusta es la que está, antes que nada, construida por la ideología. Más tarde dirá que cuando va a Brasil a dictar alguna conferencia, lo presentan como “el arquitecto más paulista de Argentina”.
(*) Rafael Iglesia es arquitecto, uno de los más premiados y reconocidos en el extranjero. Es rosarino por adopción y crítico con la arquitectura, con los arquitectos, con las nuevas tecnologías, con las formas despiadadas de consumo y con casi todo lo que se le cruza. Con los vicios que conquista quien hace lo que quiere y le va bien, se anima a disparar su juicio en múltiples direcciones.
“No fui un buen alumno, tardé más de lo que corresponde en recibirme. Fui inspector de obra de la Municipalidad, me encantaba la noche y por eso me casé recién a los 37 años para separarme un tiempo después”. Esa es la carta de presentación que saca de la manga Rafael. De la otra manga, y casi por distracción, se le cae una carta que dice que recientemente sus obras y su forma de pensar le valieron aplausos y lo llevaron a España, Méjico, Ecuador, Perú, Colombia, París, Estados Unidos y Noruega, entre otros. Dos cartas de presentación de una persona que se unen en un personaje exótico, sui generis. “Ciego a las culpas, el destino suele ser despiadado con las mínimas distracciones”. Eso es Rafael Iglesia. Una distracción del destino.