El Savoy en 1910: (*)
Cuando llegó el Centenario de la Revolución de Mayo, en 1910, Rosario tenía poco más de 192.000 habitantes y pocos hoteles, la mayor parte de ellos construidos en el siglo XIX. El Centenario obligaba a un urgente “aggiornamiento” en esa materia, para atender a los muchos extranjeros que llegarían al país y a la ciudad para asistir a los festejos del aniversario, y a los viajeros que arribaban desde el interior del país.
En esa “fiebre de hacer” se inscribe la inauguración, el 30 de abril de 1810, del Savoy Hotel, gestado por el empuje de dos inmigrantes suizo-italianos de los muchos que hicieron fortuna en la ciudad: Aquiles Chiesa y Alejandro Máspoli, poderoso comerciante el primero y dueño de una gran empresa constructora el segundo.
El terreno elegido estaba ubicado en una zona estratégica de la ciudad: próximo a los edificios de la Bolsa de Comercio, de 1908; el Banco Francés del Río de la Plata, del mismo año y la Compañía de Seguros La Rural: lo que hoy se llamaría “la city” bancaria y comercial rosarina. El edificio contaba con subsuelo, planta baja y tres pisos, rematado por una cúpula de 30 metros de alto, que competía gallardamente con la de su contemporáneo vecino, el Hotel Majestic.
El primer propietario
Adquirido por Guillermo Widmer, quien fue su primer propietario, el peso social de Chiesa hizo que el edificio fuera conocido en la ciudad como “Palacio Chiesa” y que el 3 de mayo de 1910 un grupo numeroso de grandes nombres del comercio rosarino se afanaba en preparar un agasajo al mismo “con motivo de haber dotado a Rosario del nuevo y lujoso palacio en que se halla instalado el Savoy Hotel”.
La noche del 30 de abril de 1910, el acto inaugural del Savoy tuvo toda la pompa de una gran fiesta social. La capacidad del salón principal, que podía albergar a unas 300 personas, obligó al reparto de invitaciones anticipadas, lo que tenía sus ventajas, según “La Capital” del día anterior, ya que “en esta forma se conseguirá también que sean selectas y distinguidas las familias que concurran”. La reproducción del menú inaugural señala los gustos de la clase poderosa de lo que entonces se conocía aún como “el Rosario”, y la decisiva influencia francesa en ese tipo de eventos gastronómicos
Rosario fue una fiesta
Ya a las 8 de la noche, los hombres y mujeres que descendían de los lustrosos carruajes y de los escasos automóviles que traqueteaban por las desparejas calles rosarinas, comenzaron a arracimarse sin mucho orden en la esquina de San Lorenzo y San Martín (que entonces se llamaba calle Puerto) para saludar a la comisión de la Sociedad Damas de Caridad, a las que se les había otorgado la organización de esa velada inicial, para recaudar fondos destinados a la beneficencia.
El salón –consigna una crónica del día siguiente- presentaba un magnífico aspecto por la variedad de los tapices, las guirnaldas de flores entrelazadas y los numerosos espejos que reflejaban los rayos luminosos de los artísticos artefactos eléctricos. Es que no todos los días se podía asistir en la ciudad a la apertura de un hotel de esas características con su lujosa confitería, cuyas estructura se yergue nuevamente, ya en el siglo XXI, con el mismo esplendor de aquel pasado lejano.
El 10 de diciembre de 1910 se anuncia la inauguración de su “terrase bar”, que según una publicidad de esos días, contaba con un espléndido cinematógrafo, iluminación a giorno y dos rápidos ascensores. Sin olvidar, por supuesto, la orquesta de damas vienesas, que parece ser era un atractivo adicional...
Huéspedes notables
Los años correspondientes al período ulterior, sobre todo entre 1920 y 1970 hicieron posible que tanto el hotel como su confitería recibieran ya muchos nombres ilustres del arte, la cultura y la vida social, mientras sus salones y su bar eran ámbitos muchas veces para los banquetes que, sobre todo hasta 1940, eran una convención aceptada y difundida.
De ese modo, entre las décadas del 30 y el 60 del siglo pasado, pasaron por el Savoy el granadino Federico García Lorca y el gran dramaturgo Luiggi Pirandello; nombres fulgurantes de la lírica como Titta Rufo y Miguel Fleta; grandes de la danza como la Pavlova y del flamenco como Pastora Imperio y Antonia Mercé, para quien Manuel de Falla compusiera “El amor brujo”; pianistas legendarios como Arturo Rubinstein y Claudio Arrau; cantantes como Miguel de Molina; grandes actrices como Lola Membrives y notables del tango como Aníbal Troilo y Edmundo Rivero, a quienes se recuerda tomando whisky el primero y un inofensivo té el segundo...
Hacia los años 60, el bar Savoy se convirtió en un centro tradicional de la cultura de Rosario. En sus mesas se reunían diariamente, buena parte de los artistas plásticos, de la gente de teatro y de los escritores de la ciudad.
Reynaldo Sietecase, periodista, narrador y poeta, y concurrente entre los años 80 y 90 escribió en su libro “Los bares”: En esa esquina de San Lorenzo y San Martín, se gestaron conspiraciones, revistas culturales, amores, golpes de timón en diarios y empresas imposibles. Todo ante la boca silente de un vermú o un vino blanco.
El regreso
El Savoy dejó de funcionar, ante la tristeza general, el 15 de febrero de 2007. Una parte valiosa de la vida de la ciudad pareció apagarse para siempre detrás de las grandes puertas de madera cerradas y de la gran placa de bronce que lo identificaba desde la primera década del siglo XX.
Serían inversores rosarinos y porteños, quienes devolverían a Rosario una de sus joyas preciadas, recuperando para ello el esplendor, el buen gusto y el espíritu inicial, a los que se agregaron los necesarios elementos que imponen la modernidad, la tecnología e, incluso, la vanguardia en este tipo de establecimientos. El Savoy vuelve a iluminar la ciudad.
(*) La Investigación y redacción de este texto la realizó el historiador Rafael Ielpi, actual Director del Centro Cultural Bernardino Rivadavia
El Savoy en 2009: La Restauración
El Concejo Municipal fue el encargado de aprobar la restauración del edificio del Hotel Savoy, de acuerdo al convenio firmado entre la Municipalidad y el grupo propietario del inmueble con el objetivo de rescatar uno de los edificios más bellos y tradicionales de la ciudad quedando de esta manera a salvo de la demolición. Este trabajo se desarrolló de acuerdo al programa municipal que regula la preservación y restauración de construcciones de alto valor histórico y arquitectónico. Después de un trabajo extenso y profesional, donde se dio batalla en todos los rincones del edificio para rescatar y volver a su estado original cada pieza, cada pared, cada mueble, cada detalle; lograron poner en valor y restaurar el inmueble respetando las pautas técnicas acordadas con el municipio. Se pueden observar la restauración de fachada, cornisas, aleros, molduras de ornamentación, revoques, medianeras, balcones, cúpula, aberturas, escaleras, pisos, el ascensor de servicio (es uno de los primeros de la ciudad) rejas y umbrales, por citar solo algunos elementos que se rescataron.
En el proceso de llevar adelante el proyecto, se reutilizaron detalles de mampostería y mobiliario, que se conservan en buenas condiciones, y se recuperó un patio interno sobre el que se abre, desde la terraza, una cúpula corrediza con sus engranajes originales, que data de 1902. El arquitecto Mauro Bernardini, miembro del Estudio Plan (Buenos Aires) fue quien se encargó del interiorismo del lugar y de ponerlo a punto para que se transforme en el primer hotel boutique de la ciudad. Para llevar adelante este cometido, el profesional explicó que “cuando encaramos este proyecto buscamos encontrar un diálogo especial entre lo nuevo y lo viejo, restaurando los materiales originales y poniendo en valor este edificio”. Además, señaló Bernardini, "en este caso, al hacer un hotel boutique hay que pensar no solo en los colores de las paredes, sino también, hasta en el color de la crema de enjuague, detalles como los olores, como la música que ambientará la habitación, porque la textura que tenga ese sonido será la que caracterice el lugar como un sentimiento".
Este trabajo permitió que el hotel y el bar mantengan parte de su estética centenaria. Esto incluye las vistosas arañas, pisos, aberturas, un mobiliario que se rescató casi en su totalidad y su famosa cúpula que se funden y combinan con elementos de la estética y el confort de nuestros días, entre los que se incluyen algunas innovaciones propuestas por los diseños textiles de Martín Churba.
La restauración del edificio con la apertura del Hotel Savoy y el Savoy Grand Café permite acercar nuevamente a los rosarinos uno de los patrimonios edilicios más valiosos de Rosario, que refleja el espíritu de una ciudad y la firmeza de sus emprendedores.
El reciclado del bar:
La intervención que se realizó en el salón combina armoniosamente el estilo antiguo propio del edificio con un lenguaje arquitectónico minimalista. Situación que se aprecia en el mobiliario que trata de recuperar el lenguaje de la historia acercándose a la silla tradicional del bar. Este gran ambiente de 400 metros cuadrados tiene tres características muy importantes. La primera es el componente espacial de todo el salón que lo da la amplitud del lugar y su techo alto. La segunda particularidad esta dada por esa espacialidad interior que le otorga al Bar un fuerte vinculo de transparencia con la calle.
Y por último, la tercera, es la barra que abarca en su totalidad uno de los laterales del salón, transformándose casi en un objeto escultórico. Su extensa longitud le da un fuerte protagonismo. La barra es el vínculo entre el Savoy Grand café y el lobby del hotel.
La estética de Edward Hooper:
El paisaje que va a mostrar el lugar desde el exterior hacia adentro con sus grandes ventanales podría asemejarse a cualquiera de las obras del artista plástico Edward Hooper, quien fuera el pintor más importante de Estados Unidos de entre 1940 – 1950.